Buscar
 
 

Resultados por:
 


Rechercher Búsqueda avanzada

Like/Tweet/+1
Palabras claves

Últimos temas
» ¡Hola! ¿Están ahí? Busco el mejor programa para ripear un DVD.
Vie Mayo 12 2017, 08:57 por soyo

» Humor gráfico
Sáb Oct 04 2014, 02:47 por José Malax

» DE SALUDES Y MEDICINAS
Vie Sep 19 2014, 02:25 por Alex

» Beneficios del machacársela.
Jue Sep 04 2014, 02:28 por José Malax

» George Wald: The Origin of Death
Dom Ago 24 2014, 09:24 por José Malax

» ALGO FALLA EN ESTE MUNDO
Dom Ago 03 2014, 06:23 por José Malax

» Sur la radio
Sáb Jul 19 2014, 01:26 por Betobrick

» Humor eutanásico futurístico muy legal
Mar Jun 10 2014, 09:58 por José Malax

» ¿Por qué el Rey anuncia precisamente ahora su decisión de abdicar?
Lun Jun 09 2014, 23:15 por José Malax

Flujo RSS


Yahoo! 
MSN 
AOL 
Netvibes 
Bloglines 


Compañeros

Crear foro



Busca
Bing
Like/Tweet/+1

Crítica literaria de Robert Louis Stevensen

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Crítica literaria de Robert Louis Stevensen

Mensaje  José Malax el Vie Mar 04 2011, 05:14

.





Crítica literaria
LAS NARRACIONES DE JULIO VERNE


Narraciones de Julio Verne: 1. Las aventuras de tres ingleses y tres
rusos. 2. Cinco semanas en globo. 3. La ciudad flotante. 4. Los
burladores del bloqueo. 5. De la Tierra a la Luna. 6. Alrededor de la
Luna. 7. Veinte mil leguas de viaje submarino. 8. Viaje alrededor del
mundo (Londres: Sampson Low and Co., 1876.)

Una veta nueva del arte narrativo descubierta, según creo, por Edgar
Allan Poe, ha sido explorada con ingenio por el inteligente francés
cuyo nombre figura a la cabeza de este artículo. Como Von
Rempelen, sus héroes se adelantan a la ciencia contemporánea:
navegan rumbo al Polo, como Arthur Gurdon Pym; viajan a la Luna,
como Hans Pfaal y, como el pescador noruego, descienden al
Maelstrom. Mas sobre la idea desnuda de tan extraños eventos, Julio
Verne ha acumulado un sinfín de persuasivos detalles. Los ha
rodeado de cálculos y ejemplos no más fiables quizá que los de
Mokeanna, pero poderosamente convincentes para el profano. Lo que
es más, posee una suerte de prosaica y espuria imaginación
sobremanera adecuada para ganarse la credibilidad del lector del siglo
diecinueve. Estas narraciones no son verídicas, pero no acaban de
encajar bajo el rótulo de imposibles. Muy bien podía haber construido
historias más extrañas de haberlo deseado; pero no es extrañeza lo
que su pluma atrevida y circunspecta persigue. Gusta de aventajar a lo
posible, tan sólo eso; dar un paso más que su generación, un paso
fuera del mundo habitado; y hacerlo fríamente y con verosimilitud,
como si inicialmente hubiera hecho acopio de datos para una sociedad
erudita y al cabo hubiese tenido la ocurrencia de verterlos en una
narración fantástica. Pierre Veron le llamó en el Panthéon de Poche:
JoanneHoffman; parodiando la expresión en inglés; las Guías de
Murray, editadas por Edgar Allan Poe. Es esta mezcla esta
contraposición de objetivos lo que da a su obra un sabor muy
particular y personal. Descubrimos que este autor de historias
extravagantes es un hombre eminentemente pragmático, con una
afición por la mecánica que nos pondría en ridículo a la mayoría de
nosotros. No es, pues, nada descabellado en esta era científica
conceder credibilidad a un hombre que se propone quitarnos el aliento
mediante procedimientos tan estrictamente científicos. Aunque no
creemos a pie juntillas en el proyectil del Club de la Escopeta,
tampoco dudamos que objetos de parecida naturaleza o finalidad sean
viables con el paso del tiempo; y si Mr. Murray Davy habló con
ternura de la piedra filosofal, podrá concederse que un intruso
aficionado a lo maravilloso abrigue una secreta debilidad por el
submarino.
Sospecho que su base científica es muy endeble; no por ello pongo
por un momento en tela de juicio la excelencia de las narraciones.
Mas no puedo evitar pensar que una vez bosquejada y definida su
historia, Julio Verne se lanza a la carrera sobre el papel con flagrante
y detestable vivacidad. De la naturaleza del hombre es seguro que no
sabe nada; y en estos tiempos tan artificiosos produce alivio descubrir
a un autor que, como un buen caballo de trote, pasa de largo silbando
y finge ignorarlo todo sobre los misterios del corazón humano. Es
cierto que en una ocasión se esforzó más de lo habitual, con
desastrosa fortuna: el capitán Nemo, con sus arranques de escocés y
sus odios imperecederos, es una muestra memorable. Su
extraordinario repertorio se compone de muñecos diversos, más o
menos ajados por el tiempo: científicos calvos y divertidos marineros
de inquebrantable lealtad. Todas sus marionetas son atléticas y
virtuosas. No recuerdo en su galería de retratos ningún personaje
malvado o pusilánime. «Aunque quisiera, no podría desesperar»,
comenta el profesor Arronax en un trance crítico de su vida. Y esta
confianza no fue inmerecida. Julio Verne tiene el pundonor de un
buen capitán de barco que se hace personalmente responsable de las
vidas de toda su tripulación. Algunos personajes mueren en el
camino, no sea que demos en juzgar los peligros con ligereza; pero en
cuanto la persona es llamada por su nombre, vive una existencia
hechizada hasta aparecer, pletórica de salud y vitalidad, en la última
página. En una o dos ocasiones, como en El capitán Hatteras, o en
Los supervivientes del Chancellor, Julio Verne quebranta este
principio, o bien conduce sus historias a un mal fin o nos tortura en su
desarrollo; confieso que entonces me resulta superficial e impertinente.
Siendo como son muñecos sus personajes, es realmente instructivo
observar cómo hace con ellos juegos de prestímano. Tiene la
habilidad de cuidar sus narraciones al detalle. Posee tantos recursos
como cualquiera de sus héroes; y sus libros están calculados con la
misma precisión que el diseño del Nautilus o los intervalos entre los
tabiques del proyectil. Reparad, por ejemplo, en la destreza con que
mantiene nuestro interés durante los ochenta días del viaje de Phileas
Fogg alrededor del mundo. Desde el comienzo hasta el final el
detective Fix le sigue la pista; ¡un continuo acicate para el lector! Y
Fix sirve además a otro propósito; porque la orden judicial que, de
puerto en puerto, espera recibir nos mantiene con un ojo puesto en
Londres, lo cual nos ayuda a tener una idea más cabal de la distancia
recorrida. Otro recurso con un objetivo parecido, si no más ingenioso,
es el de la llama de gas que, con las prisas de la salida, queda
ardiendo en la habitación de Passepartout. Por todo el mundo nos
persigue el desesperante recuerdo de la luz que parpadea tenuemente
en Saville Row. Continuamente volvemos con la imaginación al
punto de partida; y en cada ocasión giramos el globo entre los dedos y
hacemos inventarío del progreso del héroe. También es admirable el
tratamiento del proyectil durante su peligroso viaje. Todo contribuye
a hacernos caer en la cuenta de su nueva situación como un mundo
independiente. Tiene un clima propio. El perro muerto arrojado por la
escotilla le acompaña en su viaje como un satélite sumiso. El frío del
espacio recorrido, los meteoritos errantes que encuentra a su paso, la
Tierra como una media luna menguante, todos narran su historia con
convincente elocuencia. Si algo puede ayudar a que imaginaciones
jóvenes se enfrenten con los complicados problemas de la astronomía
y conciban el mundo como una más entre muchas estrellas, es, a mi
entender, una narración como ésta. Porque tiene mucho de juego de
niños. El proyectil juega a ser un universo de la misma manera que el
muchacho juega a ser soldado.
Todo el mundo sabe, por supuesto, que los Voyages Extraordinaires
están ilustrados, y han admirado los dibujos de De Neuville y Riou.
Estas imágenes son por sí solas motivo de genuino placer; pero no sé
si en detrimento de las narraciones. Tengo la certeza de que si se
hojean (por encima) las ilustraciones de Veinte mil leguas de viaje
submarino
se pierde buena parte del placer que proporciona la lectura
del inteligente principio. Y si de un golpe depositaran en nuestras
manos los tres volúmenes de La isla misteriosa, ¿qué quedaría de su
misterio? Acaso unos cuantos pecíolos de tomillo por reventar, pero
el cuerpo de la historia se habría deshecho bajo la presión de nuestra
mano. Es cierto que hay otra clase de interés; y quizá nos resulte
igualmente entretenido observar, una vez que conozcamos la clave
del laberinto, el asombro de los personajes, sus burdos recursos y sus
ciegas intuiciones de la verdad. Y también es cierto que en lo mejor
de las narraciones de Julio Verne el misterio es rara vez algo más que
un factor secundario. Un libro como El país del cuero resistirá
cualquier prueba a que decidáis someterlo. Por lo que a mí respecta,
escuché una descripción detallada del argumento en boca de un
admirador entusiasta; algún tiempo después encontré por casualidad
el segundo volumen y lo leí con tal placer que no me molesté en
buscar y leer el primero. Sería difícil pagar más elevado tributo a un
libro sin pretensiones de estilo, de conocer la filosofía o la naturaleza
humana, que no ofrece más interés que el legítimo interés de la
fábula, y pende durante bastante tiempo de un intrincado misterio.
¡Qué lástima que no fuéramos muchachos cuando estos estupendos
pues debo utilizar un término de colegial, estos estupendos libros
vieron la luz! Puedo muy bien imaginar a compañeros impacientes
urgiendo e importunando al poseedor de uno de ellos; y con qué
cantidad de nuevo material contaría el cuentista del dormitorio.

Stevenson, Robert Louis - Ensayos literarios
avatar
José Malax

Mensajes : 2203
Localización : Dinamarca

http://www.malax.dk

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.