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CRÍTICAS LITERARIAS

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Los traductores ante la norma y sus lagunas, por Ricardo Soca

Mensaje  José Malax el Sáb Sep 10 2011, 22:35

.


Este artículo lo leí como un manifiesto a los currantes de la lengua, me ha parecido muy interesante y me educa en comprender mejor los extremos a que se llega al querer combatir extranjerismos en el español, que como bien describe su autor con humor y buenos ejemplos, pueden llegar a fanatismos.

Mientras lo leía, copié aparte estas notas de interés:

—la idea de limpiar una lengua es ajena a la lingüística
—La lengua es de la comunidad que la habla
—los corpus como registros vivos del idioma
—las obras normativas del castellano no siempre tienen el rigor que cabe esperar de un trabajo académico
—la función primordial del lenguaje es comunicar
—en estos tiempos de internet, por ejemplo, no sabemos cómo escribir el nombre de la red
—como si el enriquecimiento de un idioma con préstamos tomados de otras lenguas, pudiera ser un peligro











Invasores visigodos


Los traductores ante la norma y sus lagunas

por Ricardo Soca
(Conferencia pronunciada en el XI Congreso del Colegio de Traductores Públicos del Uruguay,
el 9 de septiembre de 2011)



Vine a conversar con ustedes hoy sobre un tema que atañe a todos los trabajadores de la lengua: traductores, intérpretes, correctores de estilo, periodistas, escritores. Es la actitud a adoptar ante la normativa prescriptiva y sobre todo, ante las fallas de la normativa académica que no son pocas.

Y no me estoy refiriendo al trabajo magnífico que han llevado a cabo Ignacio Bosque y su equipo, con la NGLE, sino a otros dos puntos: las lagunas que se advierten en la mayoría de las obras académicas y a los errores y contradicciones en que se incurre por la aplicación del principio de autoridad a una labor que debería ser científica, como iremos viendo en los próximos minutos.

Cada vez que se enfrenta a una nueva tarea, el traductor se ve ante un doble desafío: el primero es llevar a cabo una traducción fiel y correcta de acuerdo con la llamada norma culta, que es la que se le exige, y en segundo lugar lograr que su trabajo, además de ser fiel y correcto satisfaga a un cliente que en general no conoce la norma lingüística pero, como hablante, sabe del uso real de la lengua.

En ese sentido, la norma suele ser un apoyo que le permite al traductor fundamentar sus decisiones en un texto, respaldado por una autoridad.

Y en esa situación tropezamos muchas veces con el concepto de la pureza de la lengua, que algunos profesionales consideran un sello calidad de su trabajo.

Yo quisiera detenerme un poco en esta idea de pureza para destacar el hecho de que se trata de un concepto anómalo, anticientífico, ajeno a la lengua y a la lingüística.

Todos aquí conocemos el lema que ostenta la Academia Española en su escudo: Limpia, fija y da esplendor, creado en su fundación hace casi trescientos años. Los académicos se apresuran a aclarar que ese lema se ha mantenido por razones meramente históricas, de tradición. Los conocimientos sobre la historia de las lenguas se empezaron a desarrollar en el siglo en el siglo XIX y se consolidaron en el XX, de modo que cuando se adoptó este lema se sabía muy poco sobre la evolución histórica de las lenguas.

Últimamente por razones de política lingüística del Estado español, una política que empezó con los Reyes Católicos, lo han cambiado a Unifica, limpia y fija.

¿Qué significa esta idea? Lo de unificar el idioma obedece a una necesidad de las empresas españolas, principalmente las que operan en América Latina. Me limito a mencionarlo porque es un tema en el que no puedo detenerme en este momento, pero la idea de unificar ha estado presente históricamente en las políticas lingüísticas de muchos estados. Ahora, la idea de limpiar la lengua y la idea de fijar la lengua son aberrantes desde el punto de vista de la Lingüística.

Sin embargo, los puristas, que en pleno siglo XXI es posible encontrar en todas las profesiones de la lengua se apoyan en este lema para enarbolar la idea de un español puro, correcto, inamovible y lo defienden de la contaminación por parte de lenguas extranjeras.

Bueno, contaminación es otra categoría acientífica y totalmente ajena a la lengua; las lenguas son intrínsecamente impuras. Las lenguas puras no existen y tal vez el español sea una de las más impuras de todas. Desde su origen conocido.
Desde cierto punto de vista se podría decir que el castellano no es una lengua derivada del latín, es, en sentido lato, latín en un estado de lengua que corresponde al siglo XXI.

El latín de Virgilio, el de san Jerónimo, el protorromance de finales del primer milenio, el español del Cid, el de Cervantes, el de Lope y el que hablamos nosotros hoy son diferentes estados de una misma lengua que fue cambiando a lo largo de los siglos sin solución de continuidad.

El latín de los clásicos ya era una lengua impura, como todas las lenguas: una mezcla de elementos oscoúmbros, etruscos y griegos, entre otros. Esto quiere decir que el latín, o la lengua romance que hablamos nosotros, en un estado de lengua que se llama español del siglo XXI y sus variantes, sufrió las más diversas influencias a lo largo de los últimos 2.000 años. Pero no es el estado final ni definitivo, como algunos parecen creer.

Hacia el siglo V de nuestra era, aquel latín ibérico que ya empezaba a diferenciarse de otros latines hablados en el resto de lo que había sido el imperio, sufre nuevas influencias extranjeras con la llegada de los invasores germánicos. Nombres propios españolísimos hoy, como Gonzalo, Fernando, Rodrigo, Elvira y muchos otros son en realidad adaptaciones ibéricas de los nombres germánicos Gundisalvus, Fridenandus, Rodericus, Gelovira.

Cuando usamos palabras como bandera, ropa, guerra, ganso, gavilán, guante, guardián, espuela estamos empleando palabras de origen extranjero, vocablos que no existían en la Península hasta la llegada de los germánicos.

Los invasores godos, que en realidad nunca llegaron al cinco por ciento de la población ibérica se incorporaron rápidamente, en términos históricos, a la cultura ibérica y centenas de extranjerismos como los que mencioné se incorporaron sin mayores traumas al caudal léxico del protorromance ibérico.

Pero ya en el siglo VI ocurre otro fenómeno histórico que volvería a cambiar la cara de la lengua protorromance de Iberia:

la llegada de invasores islámicos árabes y bereberes que en pocos años conquistaron toda la península y convirtieron la Hispania godorromana, de habla protorromance, en un estado islámico, en el que la mayoría inicial de cristianos y judíos fue disminuyendo. Y aquí surge de nuevo un fenómeno que todos conocemos, que ya había aparecido con los visigodos y que es el de lenguas en contacto. En los registros cultos y en la expresión escrita se requiere en esa época el uso del latín clásico para los nativos y del árabe clásico para los recién llegados, dos lenguas que eran conocidas por muy poca gente, todos ellos de la clase dominante.

¿Qué consecuencias tuvo esto en la lengua? Bueno, la lengua árabe ejerció una fuerte influencia sobre el godorrománico, se forman inicialmente dos haces dialectales de los que no voy a hablar aquí pero al final de la presencia árabe en la península, a fines del siglo XV, las lenguas habladas allí, el catalán, el castellano, el gallegoportugués entre otras, tenían una fuerte marca distintiva que las diferenciaba de los idiomas del resto de Europa, excepto los dialectos franceses de pueblos que comerciaban con los árabes.

Algunos miles de palabras de nuestro idioma entre las que se cuentan álgebra, ajedrez, arroba, aljibe, aceite, aceituna, jarabe, almíbar, alhelí, alcahuete, alcohol, cenit, nadir, escarlata, fulano, laca, zafiro provienen de esa época; algunas de ellas vienen de mucho más lejos pero todas ellas llegan a las lenguas peninsulares a través de los árabes.

Y ahora demos un salto en el tiempo desde la expulsión de los moros en el siglo XV hasta el siglo XVIII, con los nobles afrancesados, deslumbrados con Versalles, que introdujeron en la lengua un enorme caudal de vocablos del francés. Rafael Lapesa menciona chaqueta, pantalón, favorito, galante, interesante, petimetre, miriñaque, hotel, sofá, merengue, entre muchas, muchísimas otras. ¿Y mamá? En latín se decía mámae y en español se dijo mama hasta que los Austrias introdujeron la forma francesa maman.

Era la palabra que usaba el rey Felipe V, el fundador de la Real Academia, nacido en París, para hablar con su madre, la princesa María Ana de Baviera.

Vemos entonces que el español está muy lejos de ser una lengua pura, como quieren algunos; todos los idiomas están lejos de ser puros, pero el nuestro es especialmente «impuro« si es que queremos usar esa categoría tan inapropiada y tan acientífica. Uno se podría preguntarse aquí de dónde nos viene la norma, de dónde la Academia Española o las academias americanas obtienen la autoridad y el respeto de que gozan por parte de los usuarios de la lengua. Bueno, eso tiene sus razones históricas, entre las cuales el merecido prestigio que la Academia Española se granjeó a partir de su fundación, con su obra inicial. Otras lenguas tienen otros procedimientos para establecer la norma, como veremos.

Hace trescientos años, cuando don Juan Manuel Fernández Pacheco, el marqués de Villena, le propuso Felipe V la creación de la Academia Española, la lengua que se hablaba en España y en las colonias era un verdadero caos. Las grafías eran diferentes en Asturias, en Castilla y en Andalucía, había un dialecto en Extremadura, otro en León y una lengua diferente en Galicia. Había por cierto pronunciaciones diferentes y cada escritor tenía su propia ortografía. El idioma se veía amenazado por la disgregación dentro de la propia España, sin hablar de las colonias. Todo parecía indicar que cada uno de aquellos dialectos iría a evolucionar hacia una nueva lengua, como ocurrió en la Península Itálica hasta el siglo XIX. El Estado español sintió la necesidad en aquel momento, y en aquella situación, de implantar una norma bajo el principio de autoridad. La Real Academia fue creada en 1713 y asumió de inmediato la tarea que Antonio de Nebrija le había sugerido poco más de dos siglos antes a Isabel la Católica: unificar la lengua, regular el vocabulario y establecer las normas del castellano.

La Real Academia cumplió su tarea en forma espléndida: a lo largo de trece años a partir de 1726 fue entregando en varios tomos sucesivos un trabajo excelente para su época: la primera edición de su Diccionario, que mereció comparaciones muy favorables con otras obras semejantes tanto del español como de otras lenguas europeas. Gracias a esta obra, los escritores españoles del siglo XVIII unificaron rápidamente su ortografía y, tras la elaboración de la primera Gramática española, hacia 1780, la Academia había cumplido con creces las expectativas suscitadas a su fundación. A lo largo de varias décadas, la Gramática del castellano se fue incorporando en las escuelas de España y de las colonias, abriendo el camino hacia este idioma unificado con que contamos hoy. Esa obra magnífica le valió un gran prestigio a la Docta Casa, y un merecido respeto por parte de los hombres de letras y de los formadores de opinión. Y esto permitió el surgimiento de la idea, que no es común, creo, con otras lenguas, o al menos sólo existe con tanta fuerza entre nosotros, los hispanohablantes, de que tenga que haber alguien que nos siga diciendo, hasta hoy, qué es lo que debemos decir y cómo tenemos que hacerlo.

Como consecuencia del gran éxito inicial de la Academia, se instaló la noción de que la lengua española había llegado en el siglo XVIII al ápice de su desarrollo, tocando la perfección, una idea que la propia Academia alimentó en sus primeros años con el lema «Limpia, fija y da esplendor«. Como ya dije antes, la idea de limpiar una lengua es ajena a la lingüística, a cualquier corriente de la lingüística. La de fijarla, es la idea más extravagante, más abiertamente anticientífica, puesto que el cambio es única ley universal de todas las lenguas en todos los tiempos.

Pero aun así la idea de la autoridad, implantada a lo largo de casi trescientos años, sigue viva, sigue muy firmemente presente entre los hablantes de español, a veces, parecería hasta que los hispanohablantes la llevamos en nuestros propios genes.

A diferencia de lo que ocurre en otras lenguas, entre quienes hablamos español es frecuente que una discusión termine con un argumento inapelable: «Esto es así o asá porque la Academia Española dice esto o aquello« o «esta palabra no se puede usar porque la Academia no la admite«.

Hace unos meses leí en la prensa que un director de la Academia Española, Darío Villanueva, informaba a un reportero que el vocablo tableta en su acepción de equipo informático como el iPad estará incluida en la próxima edición del Diccionario, la de 2014, pero, muy permisivo, aclaró que «ya se puede usar«...

Permítanme aquí una breve cita al académico Manuel Seco, quien en su Gramática esencial del español dice lo siguiente:

La autoridad que desde un principio se atribuyó oficialmente a la Academia en materia de lengua, unida a la alta calidad de la primera de sus obras, hizo que se implantase en muchos hablantes —españoles y americanos—, hasta hoy, la idea de que la Academia «dictamina« lo que debe y lo que no debe decirse. Incluso entre personas cultas es frecuente oír que tal o cual palabra «no está admitida« por la Academia y que por lo tanto «no es correcta« o «no existe«.

En esta actitud respecto a la Academia hay un error fundamental, el de considerar que alguien —sea una persona o una corporación— tiene autoridad para legislar sobre la lengua. La lengua es de la comunidad que la habla, y es lo que esta comunidad acepta lo que de verdad «existe«, y es lo que el uso da por bueno lo único que en definitiva «es correcto«.


Pero los puristas no aceptan esto, se yerguen en árbitros de la corrección, buscando en los diccionarios el respaldo definitivo a sus afirmaciones, pensando tal vez que las palabras brotan de los diccionarios así como los frutos brotan de los árboles. En esa línea siempre es posible oír que una cierta palabra «no existe«. ¿Y cómo no existe si todo el mundo la usa? «Sí —replican— algunos la usan pero no está en el diccionario«.

Tengo que reconocer aquí que en algunas profesiones, como la de traductor o la de corrector es necesario tener un respaldo documental para fundamentar una decisión ante el cliente, y lo cierto es que ese respaldo se encuentra muy frecuentemente en los diccionarios. Pero también está en los corpus que son instrumentos de la mayor importancia porque son registros vivos del idioma y porque es de ellos de donde los diccionarios extraen sus verdades. Voy a volver sobre los corpus dentro de unos minutos

Es preciso tener en cuenta que el traductor no trabaja ante una ciencia exacta, un cliente puede preferir una palabra o un giro diferente y es posible que tenga tanta razón como el traductor o el corrector, pero el profesional debe estar siempre en condiciones de justificar documentalmente sus decisiones, aunque pueda aceptar las del cliente.

Los guardianes de lo correcto y lo incorrecto creen que la lengua tiene leyes que se cumplen con la precisión de las ciencias naturales y suelen correr en busca del argumento de autoridad para respaldar sus preferencias. En realidad, no son leyes científicas, son reglas o prescripciones gramaticales.

Los hablantes de portugués, al menos los brasileros, no tienen ese problema. Ellos se comunican con fluencia sin preocuparse con lo que dice el diccionario Houaiss o el Aurelio, los grandes referentes del portugués brasileño.

Ellos van hablando y en esa habla, que corre con la naturalidad de las aguas de un río, la lengua muy lentamente se va alterando, algunas palabras van cambiando su sentido, incorporando vocablos extranjeros y nuevas acepciones, alterando su regencia, su sintaxis en general, en un proceso muy lento que a veces, normalmente no llega a percibirse en el curso de una vida humana, pero que en Brasil está avanzando en estas décadas más rápidamente que en otras lenguas. En Brasil a nadie se le ocurre decir que la lengua portuguesa esté sufriendo algún ataque por parte de fuerzas oscuras porque la lengua esté llena de anglicismos, ni que haya que defenderla de los anglicismos.

Hace algunas semanas, el director de la Academia Española, José Manuel Blecua, dijo, según versiones de prensa, que «los anglicismos son el mayor peligro del castellano«, como si el enriquecimiento de un idioma con préstamos tomados de otras lenguas, pudiera ser un peligro. Estoy seguro de que Blecua no piensa eso, pero está al frente de un organismo que es el principal ejecutor de una política lingüística del Estado español que está regida por el principio de limpiar la lengua.

Con los estadounidenses ocurre exactamente lo mismo que con los brasileros: hablan, escriben, se comunican sin que se les ocurra siquiera la idea absurda de defender al inglés de supuestos ataques provenientes de otras lenguas. Ellos entienden intuitivamente que (?)-(así está cortado en el artículo original nota:Malax)

Y si bien el inglés es uno de los idiomas más receptivos con relación a extranjerismos (más 'contaminado', diría alguno) creo que ninguno de nosotros diría que esa característica lo hace más débil.

Lo cierto es que un estadounidense jamás diría «no puedo usar esta palabra porque no está en ningún diccionario«, y ellos cuentan con excelentes diccionarios, mucho mejores que los nuestros, pero saben, entienden, que la lengua va primero y que el diccionario llega después, siempre con atraso, por su propia naturaleza.

Los hispanohablantes, en cambio, vamos por otro camino. Conozco gente que no emplea una determinada palabra, aunque sea la única que expresa con precisión lo que él quiere transmitir, porque proviene del inglés, es un anglicismo, una categoría maldita que ellos creen que habría que combatir furiosamente.

Y hacen eso. Cuando una palabra de otra lengua, principalmente del inglés, entra a nuestra lengua, lo sienten como una agresión a la lengua castellana y corren a vestir sus armaduras de caballeros andantes, empuñar sus adargas, y combatir a la lengua agresora como un temible molino de viento. Hace poco tiempo, en un foro de lengua de internet, se planteó el tema de la traducción al español del vocablo inglés empowerment.

Esta palabra, como ustedes saben, ha hecho una rápida carrera en la lengua inglesa en las últimas décadas del siglo xx en referencia a minorías étnicas o sociales cuya situación mejora y logran acceder a sus derechos de ciudadanía.

La traductora argentina Leticia Molinero, que vive y trabaja en Nueva York, donde forma parte de la Academia Norteamericana de la Lengua Española se refirió en un artículo, hace ya algunos años, al caso de las mujeres de comunidades africanas que se han visto facultadas o 'empoderadas' para desarrollarse por sus propios medios..

En la discusión hubo quien declarara estar, en su trabajo como traductor, «en plena batalla« contra los anglicismos, y pidió «municiones« para combatir esos usos «indebidos«. Otros, menos belicistas, propusieron palabras como afianzamiento, fortalecimiento, potenciamiento que en mi opinión no expresan cabalmente la denotación de empowerment, pero permiten evitar un anglicismo, como si eso fuera lo fundamental. Unos pocos admitieron que en el español académico no existe un equivalente exacto de empowerment, y por esa razón consideraron justificado el uso de empoderamiento con esa denotación, que es lo que a mí me parece más acertado.

En mi opinión, ese esfuerzo por adoptar siempre, en todos los casos, una palabra de nuestra lengua aunque no exprese cabalmente lo que queremos decir constituye una falla profesional, al menos es una falla cuando existe una palabra extranjera que todo el mundo conoce y que comunica exactamente la misma denotación que queremos transmitir y para el cual no contamos con un vocablo español. Por otra parte, la palabra empoderar figura con numerosos casos en el corpus de la Academia, de donde se supone que se extraen las acepciones del diccionario. Curiosamente, el diccionario dice que empoderamiento es sinónimo de apoderamiento y que se trata de una palabra en desuso, lo que significa que no se registra ningún caso por lo menos desde 1901. Sin embargo, en el corpus de referencia del español actual, de la propia academia aparecen más de 30 casos y todos ellos figuran con el significado de que vengo hablando; no encontré un solo caso del significado de apoderar, que el propio diccionario marca como en desuso.

Vamos a ver un ejemplo nuestro. En toda América Latina, nos resulta raro, nos suena raro cuando un hablante peninsular, cuando un ciudadano español se refiere al ratón de la computadora u ordenador.

Como ocurre con muchos vocablos oriundos de las nuevas tecnologías, los latinoamericanos hemos conocido este aparato por su nombre inglés, que adoptamos con naturalidad, de modo que a un hablante de estas latitudes, aunque no hable inglés, le resultará más natural llamarlo mouse, y hasta es posible que ratón le suene algo cómico o fuera de lugar, como suele ocurrir con las palabras que nos resultan poco familiares.

Pero aquí algo viene algo crucial en lo que les quiero transmitir: ¿qué hace un traductor cuando tiene que referirse al mouse o ratón de una computadora? Tenemos aquí un caso práctico. Supongamos que va a buscar su respuesta en el diccionario de la Academia.

¿Y que le dice el DRAE? No le dice nada. La palabra no figura. Sí es posible hallar otras palabras inglesas que sí se usan en España, como bacon (o bacón) y puzle (hispanizado con una zeta sola), pero de mouse no hay ni rastro.

En cambio, en el Diccionario Panhispánico de Dudas, sí aparece mouse... con la recomendación de no usarlo, de dar preferencia a ratón, por razones que no se explican. Se trata del argumento de mera autoridad; háganlo así, porque nosotros lo decimos.

O sea que si en mi región se llama mouse, cuando yo hago una traducción dirigida al mercado local, según el Diccionario Panhispánico debo llamarlo ratón porque así lo dicta una autoridad lingüística desde otro continente. Y las autoridades lingüísticas de este continente no logran hacerse oír.

Mouse aparece sí, en el Diccionario de americanismos, editado por la Asociación de Academias, que admite se usa, sí, pero solo en el español de Estados Unidos y en Panamá...

Otro caso que creo que vale la pena mencionar es el del vocablo inglés fan, que yo recuerdo que se usaba ya en los años sesenta aplicado a los seguidores de las estrellas de Hollywood o los astros del rock, cuando se hablaba de los fans de Elvis Presley o los fans de Bill Halley. Un cuarto de siglo más tarde, en 1984, la palabra fan apareció en el diccionario de la Academia con la advertencia de que se trataba de un vocablo inglés cuyo plural era fans, un término muy conocido y usado en español y en otras lenguas.

Hasta aquí no había dudas, todo muy simple, todo muy claro, pero hete aquí que en 2005 aparece el Panhispánico de Dudas, introduciendo precisamente una duda. El DPD pretende establecer por decreto que el plural de fan en español es fanes.

Me puse a investigarlo, y descubrí que en el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA) de la Real Academia, de donde se supone que la docta casa extrae sus datos lexicales, aparecían en el momento de la búsqueda 422 casos de fans, y ¿adivinan cuántos casos de fanes? Ninguno. Cero-coma-cero-cero.

¿Y qué debe hacer un traductor que tenga que traducir fans al español? ¿Qué debe hacer un corrector de estilo que esté trabajando un texto en español donde figure fans? ¿Corrige al autor? Yo creo que la decisión más adecuada en este caso sería dejar de lado el diccionario. Y este precisamente es el punto en que quiero centrarme. Los trabajadores de la lengua debemos tener siempre presente el hecho de que las obras normativas del castellano no siempre tienen el rigor que cabe esperar de un trabajo académico.

Y no deberíamos olvidar que la función primordial del lenguaje es comunicar. Si en un texto destinado a lectores montevideanos mencionamos un centro de compras, no vamos a ser tan bien comprendidos como si dijéramos shopping center, o un shopping que es lo que todos usamos habitualmente.

Hace algunas décadas se consideraba «incorrecto« decir que algo había pasado desapercibido. Era «incorrecto« porque esa acepción proviene del francés, aunque el Diccionario Panhispánico de Dudas admite que está asentada en nuestra lengua desde hace dos siglos. Pero se queda corto; la palabra ya era usada en español por lo menos del siglo XVI, con una denotación ligeramente diferente, de 'estar desprevenido'. Es también el caso de banal, palabra que ingresó al diccionario en 1927 marcada como 'galicismo por trivial, insustancial', y solo obtuvo su carta de ciudadanía en la edición de 1983. a pesar de que se usaba en nuestra lengua desde mucho tiempo antes.

También hay palabras que están muertas desde hace siglos, pero siguen vivas en el diccionario donde hay vocablos que no tienen ningún registro de uso desde el siglo XVIII. Aquí cabe preguntarse qué deben hacer los trabajadores de la lengua ante situaciones como las que veníamos viendo, ¿deben esperar a que los lexicógrafos se den cuenta de que una palabra está viva en la lengua? O que está muerta.

Es una pregunta que cada uno tendrá que hacerse al tomar una decisión en cada caso particular.

Otra cosa son las contradicciones en la obra académica; en estos tiempos de internet, por ejemplo, no sabemos cómo escribir el nombre de la red: en el avance para la vigésima tercera edición del diccionario, que debe salir en 2014, internet aparece con minúscula, pero en la nueva Ortografía, que no tiene un año, la grafía es con mayúscula inicial. ¿Cuál debemos seguir?

Antes de terminar, quisiera dejar claro no me parece mal que exista una norma de autoridad. Hablamos una lengua que es oficial en veintiún países y, no sé si es necesario, pero seguramente es bueno, es positivo que exista una base común para facilitar la comprensión, siempre que todas las áreas hispanohablantes cuenten con la misma consideración, con el mismo peso, algo que hasta ahora no ha ocurrido.

Y termino con una sugerencia.

Cada vez que tenemos que fundamentar el uso de la lengua viva, podemos encontrar respaldo no solo en los diccionarios sino también en los corpus de la lengua. Un corpus sincrónico es una colección de millones de palabras de textos correspondientes a un estado de lengua, que se puede acotar cuánto se quiera, o a una variedad. Los corpus se usaron siempre en estudios lingüísticos, pero cobraron una importancia inusitada en los últimos 25 o 30 años, sobre todo en lexicografía, con el avance de la informática, que permite consultas instantáneas que antes no eran posibles.

En ese sentido, recomiendo por supuesto los corpus de la Academia y también el corpus Davis, de la universidad Brigham Young. También descubrí en la últimas semanas que hay un corpus basado en los libros digitalizados por Google. El corpus Davis tiene unos cien millones de palabras, el de la Academia unos 500 millones, y el Google no se informa, pero me enteré de que los libros en español digitalizados por Google representan algunos miles de millones de palabras.

Los corpus, por su tamaño, por el gigantesco volumen de datos que manejan pueden ser en muchos casos herramientas más útiles a los profesionales y un respaldo más sólido que el propio diccionario, porque son muestras de la lengua real, viva.

Espero que a la luz de estas cuestiones pueda considerarse oportuno reflexionar sobre el papel de la norma de autoridad, que es la marca registrada del idioma español, y la actitud que cabe en este punto a los traductores y a los trabajadores de la lengua en general, que son quienes, en su conjunto, contribuyen con el mayor aporte al establecimiento de las diversas normas cultas de las sociedades hispanohablantes.
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“El misterio de la cámara azul” de Jean D´Aillon

Mensaje  José Malax el Vie Ago 26 2011, 07:48

El autor de este blog de LA NOVELA ANTIHISTÓRICA,Carlos Rilova, hace unas críticas excelentes, y para los amantes de la novela histórica, impagables. Suele publicar una al mes o cada dos meses, por lo que no hay prisas por leerlo. Al final del artículo, si te enganchó y porque somos así de chulos en LTdCN, está el enlace para descargar el libro



Cara a cara con la Guerra de los Treinta Años.
“El misterio de la cámara azul” de Jean D´Aillon



Publicado el agosto 20, 2011 por Carlos Rilova Jericó

Si el autor de esta página fuera aficionado a la Numerología -que no lo es, pues para eso hizo una carrera “de Letras”, como se suele decir-, empezaría diciendo que se notaba que este nuevo número de “La novela antihistórica”, el catorce, estaba bajo el signo, doble, del número de la suerte. Es decir, el siete.

Como, en efecto, no soy aficionado a estas cosas, sólo diré que esta vez he tenido, simplemente, mucha suerte con la novela elegida para esta nueva entrega de “La novela antihistórica” que casualmente, supongo, ha coincidido con la edición del número catorce de esta página.
En efecto, es una verdadera suerte poder leer “El misterio de la cámara azul”. Y hay que felicitar a Alianza Editorial -al César lo que es del César- por la feliz iniciativa de publicar en un formato relativamente barato -10 euros-, pero con calidad, esta novela de Jean D´Aillon. Esperemos que así llegue a bastantes lectores.
Un reconocimiento que, sin embargo, no pretende ocultar que hay aspectos negativos en “El misterio de la cámara azul” -y, como bien saben los que siguen esta página, se comentarán cumplidamente-, pero, aún así, a pesar de esa matización a la baja -por así llamarla-, son muchos más los aspectos positivos que hacen de ella una verdadera novela histórica y empezaré hablando de ellos.
Jean D´Aillon ha elegido para esta novela que, al parecer, será el comienzo de una nueva serie de libros en los que se mezcla la novela histórica con la policíaca, un estilo curioso, que, en cierto modo, parece ser un homenaje muy consciente a Dumas del que, evidentemente, D´Aillon es deudor no sólo como escritor francés, sino por el tema elegido para “El misterio de la cámara azul”: la conspiración de Cinq-Mars. Uno de los muchos que la genial “fábrica de novelas Dumas” trató.
Así, hay momentos en los que D´Aillon, como solía hacer Dumas, se convierte en historiador y pasa a describir a sus lectores el momento histórico en el cual se están desarrollando los acontecimientos que él ha convertido en novela y ha imbricado en el tejido histórico real. Hay, en efecto, en “El misterio de la cámara azul” varias interrupciones de ese tipo que recuerdan mucho a, por ejemplo, el famoso pasaje inicial de “Los tres mosqueteros” en el que Dumas se empeña en explicar que su héroe, D´Artagnan, se mueve a través de un país devastado por décadas de guerras de religión y la constante amenaza de los ejércitos españoles y austriacos.
Esa fidelidad al maestro que hoy podría parecer un poco pasada de moda, sin embargo no impide a D´Aillon superar con creces a Dumas (dicho sea esto sin ánimo de expulsar, a patadas, del Parnaso de Novelistas Inmortales al autor de “El vizconde de Bragelonne” o “Veinte años después”. Algo que, sin duda, de nada serviría, teniendo en cuenta que Dumas siempre entraba por la ventana a los lugares donde se le había echado por la puerta. Y sin perder su buen humor, como nos dice su más reciente biógrafa, Simone Bertière).

En efecto, Jean D´Aillon, aún rindiendo esos arriesgados homenajes a Dumas, sabe llevar el género de la novela histórica a la altura de las necesidades del público de hoy día y no se limita, como suele ocurrir lamentablemente -y los números anteriores de esta página son testigos-, a hacer malas imitaciones del propio Dumas, de Scott y de otros autores del siglo XIX que hoy nada aportan como novelas históricas. Salvo reflejar la indigente preparación en ese campo del autor o autora de turno -y, en ocasiones, de los “negros” que les sirven- y la falta de criterio del editor que ha puesto sus obras al alcance de un público que acaba así -como no podía ser menos- a merced de una versión tóxica de los más diversos hechos históricos.
Así es, la gran diferencia entre “El misterio de la cámara azul” y otras novelas pretendidamente históricas -con o sin ribetes policíacos- es que D´Aillon describe, sin concesiones románticas de ninguna clase, sin anacronismos a cuál más ridículo, la vida de los franceses durante el reinado de Luis XIII y el valimiento del cardenal Richelieu, en mitad de eso que luego se ha dado en llamar “Guerra de los Treinta Años”.
Es fácil deducir que, en efecto, D´Aillon está, ante todo, siendo fiel, muy fiel, a los hechos históricos que ha tomado como eje para su novela por la crudeza de lo que nos cuenta.
Así, el París -y por extensión- la Francia que sirven de marco a esta primera aventura del notario Louis Fronsac, son una auténtica pocilga llena de barro y excrementos humanos y animales que, arrojados desde las ventanas, se van acumulando en unas calles sin más alcantarillado que una acequia central al aire libre y las cuadrillas de barrenderos y femateros, que limpian esa mezcla hedionda periódicamente a fin de convertirlo en estiércol para los campos de cultivo cercanos a la ciudad. La miseria está a la vuelta de cada esquina y la ausencia de agua corriente -y la falta de higiene que va asociada a ella- está también a la orden del día salvo en casas muy afortunadas; como la de la familia Fronsac, que cuenta con algo parecido a esa comodidad tan extendida en nuestra época. Una situación habitual, por otra parte, en la Europa de aquella época, salvo excepciones. Como el Bilbao de finales del XVII que describe un asombrado padre Gabriel de Henao, dotado de un eficaz alcantarillado y, por tanto, de unas calles más limpias que las de otras ciudades europeas de esas mismas fechas. La vida de esa Francia de Luis XIII y Richelieu es, en definitiva, precaria, insegura y peligrosa.
En efecto, D´Aillon también nos habla a lo largo de la novela de asaltos nocturnos, de la necesidad de moverse por las calles de París con escolta armada o muy pertrechado de toda clase de instrumentos ofensivos y defensivos para combatir a los numeroso reitres, caimanes y otra clase de rufianes -algunos de ellos magníficamente descritos, como el Carfour que trata de asesinar a Louis Fronsac por encargo- que acechan en cada callejón y tras cada esquina oscura de la que ese París, tan distinto al que conocemos hoy día -fruto de la política tanto de prestigio como antidisturbios del Segundo Imperio napoleónico-, estaba más que sobrado.

Las cosas fuera de esa ciudad lúgubre, incómoda, sucia y peligrosa, por supuesto, no están mucho mejor.
Los viajes son también peligrosos. Tanto o más que las simples salidas nocturnas por París. Cubrir el espacio de unas cuantas leguas, pocas decenas de los actuales kilómetros, es una aventura muy arriesgada y, sobre todo, lenta. Si las cosas se complican aún más por problemas metereológicos -como es el caso de la tormenta de nieve que D´Aillon describe hacia la segunda mitad de su novela-, la cosa ya acaba en peligro de muerte incluso para los viajeros mejor preparados y que cuentan con potentes medios económicos. Como es el caso de Louis Fronsac y su enamorada Julie de Vivonne.
Ese periplo que el notario parisino se ve obligado a afrontar por orden del cardenal Mazarino, que es precisamente quien paga los gastos, es especialmente aleccionador sobre la precisión con la que D´Aillon se enfrenta -y nos enfrenta-, cara a cara, con la vida real en la Francia de la Guerra de los Treinta Años.
En efecto, en ese viaje la novela eclosiona y se abre para mostrarnos en toda su hiriente crudeza el mosaico de la verdadera existencia en la Francia de Richelieu. Así, nos encontramos con posadas infectas en las que un poco de comodidad -habitaciones limpias de uso individual y convenientemente caldeadas, comida de alguna calidad…-, sólo puede ser pagada por unos pocos y a un alto precio, quedando para el resto un suelo de tierra batida, alcohol de mala calidad y una sala común caldeada más por la hedionda masa humana que la llena que por una buena calefacción.
En ellas no faltan asesinos a sueldo. Hombres desesperados, viejos que no llegarán a cumplir los treinta años nunca y parecen, sin embargo, frisar la cincuentena con sus dientes careados y sus rostros cubiertos de cicatrices diversas. Son, por supuesto, un elemento añadido por el autor porque su intriga así lo demanda pero, en realidad, están sacados -como mucho de lo que hay en “El misterio de la cámara azul”- de la vida cotidiana de la Francia de Luis XIII.
Esos rufianes son gente, en efecto, tan característica de la época y el lugar como el pequeño noble que se comporta como un auténtico bandolero con Louis Fronsac y Julie de Vivonne, metidos en apuros con su carruaje durante la ruta entre París y Orleans, primera etapa del camino que los tiene que llevar hasta Narbona, donde les espera un Mazarino ansioso por obtener los documentos que desarticulen el complot de Cinq-Mars.
También resultan muy reales los habitantes de la granja fortificada en la que Louis y Julie consiguen refugiarse después de haber liquidado a dos de los caimanes -Carfour y uno de los dos mercenarios que le acompañan- que los siguen desde París para matarlos y hacerse con los papeles que desvelarán la conspiración del marqués de Effiat, Cinq-Mars.
Esa granja contiene, de hecho, un verdadero microcosmos de la vida real de los campesinos franceses de la época.
Es un mundo aislado por malas comunicaciones que se cortan al menor problema metereológico -como una simple nevada de dos o tres días- habitado por gente recelosa de todo lo que viene de fuera, que viven para poco más que trabajar y carecen de toda una serie de cosas que hoy consideramos elementales incluso entre los estratos más bajos de las poblaciones occidentales. Como los zapatos, por ejemplo. Todos los habitantes de la granja, en efecto, van calzados con zuecos y apenas tienen ropa con la que mudarse. Y se trata de campesinos relativamente ricos, que disponen de lo que es un verdadero lujo para muchos en esa Europa que muere de hambre, de guerra y de enfermedad. Es decir, varias comidas al día gracias a lo que obtienen del cultivo de la tierra y no va a parar a manos de un estado que desangra esos recursos en una larga guerra y actúa de manera tan voraz como cruel y expeditiva con aquellos que, como esos campesinos, lo sostienen…

Todo estos elementos dotan, en efecto, de una extraordinaria calidad histórica a “El misterio de la cámara azul”. Quienes tengan el acierto de gastar 10 euros en comprársela saldrán de entre sus páginas, sin ninguna duda, aparte de con una sensación agradable -su estilo es ágil aunque no sea, quizás, la mejor novela policíaca del mundo-, con una serie de conocimientos valiosos sobre la vida cotidiana en la Francia de la primera mitad del siglo XVII que pueden hacer extensivos al resto de la Europa de esa época.
Verán, efectivamente, en esas páginas, además de todo lo dicho hasta aquí, el esplendor cortesano del que los franceses llaman “Gran Siglo”. El de la propia corte y el de los salones que la imitan, donde brilla la alta sociedad, el Arte y la cultura. Como es el caso del de la marquesa de Rambouillet, tía de la enamorada de Louis Fronsac. Un “gran mundo” que sólo sirve de contrapunto a la precariedad vital del resto de la población francesa, excluida por razones sociales o económicas de esos círculos que, a su vez, son un verdadero avispero, en el que nadie está seguro a causa de las luchas por el poder entre clanes nobiliarios en un estado débil, aún en formación. Como, de hecho, lo demuestra la celebre conspiración de Cinq-Mars que sirve de eje a la acción de “El misterio de la cámara azul”.
Descubrirán los lectores también gracias a esta novela, que ese pasado aloja un mundo complejo, lleno de normas que nos son extrañas gracias -entre otros motivos- a la proliferación de malas novelas históricas. Es el caso, por ejemplo, de las envenenadas relaciones existentes entre la vieja y la nueva nobleza -por ejemplo, los Rambouillet y el marqués de Cinq-Mars- que quedan perfectamente expuestas en la novela de Jean D´Aillon, dibujadas sobre un tapiz de conspiraciones e intrigas tan reales como la vida misma de aquella época en la que se ha inspirado “El misterio de la cámara azul”.
D´Aillon no traiciona nunca, en efecto, la verdad histórica de la época de la que se ha servido. Sus personajes son criaturas de su tiempo y las acciones en las que se ven envueltos y su respuesta ante ellas, es fruto del estrecho margen de acción que la Francia y la Europa de la primera mitad del siglo XVII les permite.
Así, Louis Fronsac sabe que es prácticamente imposible consumar sus deseos de matrimonio con Julie de Vivonne porque, a pesar de, como él mismo dice, su “buen pasar” -su buena situación económica-, carece de patente de nobleza que le abra las puertas de la familia Rambouillet, que disfruta de ese rango desde tiempo inmemorial… Justo lo único que se necesita para prosperar en la Europa anterior a la revolución de 1789.
De hecho, D´Aillon no se ahorra dibujarnos sabrosas conversaciones en las que describe con verdadero naturalismo las costumbres de la época. Esas que permitían que una Rambouillet, Julie d´Angennes -prima de Julie de Vivonne-, pudiera negar la mano de una familiar pobre a un notario al que, sin embargo, esa familia debe grandes favores. Como lo es el de haber sido salvados de caer bajo la implacable garra de otro noble de mayor influencia que ellos. En este caso un par de Francia, un primo del rey, el cardenal-duque de Richelieu…
Una descripción muy densa de esa realidad histórica que D´Aillon sabe, por lo demás, llenar de matices que la hacen aún más veraz.
Así, vemos que junto a esa, en apariencia, inasequible estructura social basada en estamentos y no en la riqueza -como ocurre en nuestra época- se va abriendo paso en ella, aunque sea lentamente, otra sociedad basada en el mérito y en el trabajo, en los valores burgueses que se imponen a partir del ciclo revolucionario que empieza en 1789 y culmina, aproximadamente, hacia 1870. Algo que uno de los principales personajes de “El misterio de la cámara azul”, Mazarino, hijo de una sirvienta y llegado hasta la púrpura cardenalicia y el poder gracias a su esfuerzo personal y a sus méritos intelectuales, hace patente con toda claridad en una de las últimas conversaciones que sostiene con Fronsac, una vez que la conspiración de Cinq-Mars ha fracasado.
Aspectos como esos, junto con todo lo demás que se ha comentado hasta aquí, hacen, pues, de “El misterio de la cámara azul”, una gran novela histórica que realmente merece la pena leer.
¿Qué se puede, o se debe, decir de malo sobre ella?. Bueno, ya señalé al principio de esta crítica que acaba aquí, que era más bien poco. Pero no por eso, creo, se debe dejar sin comentar. De otro modo esta crítica no sería verdaderamente honesta.
Los lectores que compren “El misterio de la cámara azul” deberán tener cuidado con algunos vicios ocultos en la estructura del, por lo demás, magnífico edificio que ha levantado Jean D´Aillon.
Son los habituales en la novela histórica que se produce más allá de los Pirineos. Es decir, un exceso de chovinismo, una serie de tics del patriotismo francés acuñado -y machaconamente transmitido, sobre todo, desde finales del siglo XIX- que llevan al autor de “El misterio de la cámara azul” a identificar, erróneamente, a la Francia del siglo XVII con un ensayo general para poner en marcha la actual. La misma que, en realidad, surge de un complejo proceso de convulsiones históricas iniciadas en 1789 que borran y entierran -casi totalmente- aquella sociedad del año 1642 que tan bien ha sabido, por otra parte, describir Jean D´Aillon. Por ejemplo, se habla demasiado en “El misterio de la cámara azul” de “Francia” y “España”, cuando en realidad lo que está en juego en esas fechas son los intereses de grandes casas nobiliares con prerrogativas reales e imperiales. Como es el caso de la de los Austria y los Borbón
Se cae también en la novela de D´Aillon en la trampa de considerar la Guerra de los Treinta Años ya casi ganada por Francia, cuando en realidad la investigación histórica más reciente demuestra que el acto final de ese largo ciclo de enfrentamientos sólo se detuvo en 1659. Y lo hizo por agotamiento de ambas partes y, sobre todo, por la extrema debilidad militar y diplomática francesa. En efecto, la Francia de Mazarino no contaba -ni de lejos- con la inmensidad de recursos financieros con la que estaba dotada la dinastía Austria que rige medio mundo desde el trono de Madrid, y había perdido ya todo aliado -Inglaterra está al borde de una nueva guerra civil- que le ayudase a desequilibrar la balanza militar en su favor.
Errores por parte de D´Aillon nada extraños teniendo en cuenta el maltrato que recibe la Historiografía de vanguardia española -tanto dentro como fuera de nuestras fronteras- como la clase de novela histórica que exportamos a Europa. Una en la que, de mano de verdaderos indocumentados, se sigue reflejando una falsa España barroca que, en realidad, en nada se diferencia del resto de Europa -si acaso a mejor-, como podrán comprobar, insisto, quienes tengan la buena idea de leer “El misterio de la cámara azul”.

Hecha esta recomendación añadiré otra, si la novela de D´Aillon no les basta para desengañarse, o para sacudirse de encima ese cúmulo de peligrosas necedades pseudohistóricas heredadas del sistema educativo de una nada edificante dictadura, si aún dudan de como eran las realmente las cosas en la España de Felipe IV y la Francia de Luis XIII, pueden acudir el próximo 18 de octubre a leer “La sombra roja” en la sección Se puede hacer mejor de “La colección Reding”.
Por supuesto se trata de un recurso de Internet, ya que el actual mercado editorial convencional en España no permite la publicación -al menos de momento- de otra versión de los hechos sobre la España del siglo XVII que vaya más allá de la narrada por una especie de Robertos Alcázares y Pedrínes más o menos puestos al día y convertidos en espadachines de lance en un Madrid de los Austrias descrito sin el más mínimo rigor histórico, pero aún así aupados, todos esos engendros “a la guerrero del antifaz”, a la categoría de bestseller. Por lo tanto a la de “verdad indiscutible” que debe pasar, y pasa, por encima de la investigación histórica más dedicada e innovadora y de cualquier intento de hacer una novela histórica española a la altura de la del resto de Europa, a la altura de la de autores como Jean D´Aillon.



Se puede descargar en el foro "de libros": http://tertuliacossanostra.forumsalgerie.com/t491-el-misterio-de-la-camara-azul-jean-d-aillon#2081
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Mensaje  José Malax el Vie Ago 26 2011, 03:55





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