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Juan Rulfo - Acuérdate

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Juan Rulfo - Acuérdate

Mensaje  José Malax el Miér Abr 04 2012, 12:11

Juan Rulfo - Acuérdate









Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía
las pastorelas y que murió recitando el «rezonga ángel maldito» cuando
la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te
debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por
aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy
juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada,
y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se
decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo.
Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera
hora de la Elevación soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se
estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le
daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Ésa acabó casándose
con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río
arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.

Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena
porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un
muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los
entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre
les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas y
coros de monaguillos que cantaban «hosannas» y «glorias» y la canción
esa de «ahí te mando, Señor, otro angelito». De eso se quedó pobre,
porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les
daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la
Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque
se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los
cincuenta años.

La debes haber conocido, pues era re alegadora y cada rato andaba en
pleito con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar
muy caro los jitomates, pegaba de gritos y decía que la estaban robando.
Después, ya de pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando
rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña
«para que se les endulzara la boca a sus hijos». Tenía dos, como ya te
digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de
ella.

Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más
grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate
que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más
fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se
robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con
chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las
revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa:
canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a
los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos.
Nos traficaba a todos, acuérdate.

Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los pocos días de
casado y que Inés, su mujer, para mantenerse, tuvo que poner un puesto
de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía
tocando canciones todas desafinadas en una mandolina que le prestaban en
la peluquería de don Refugio.

Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebemos el tepache que
siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca
teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos, al
verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.

Quizá entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.

Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada
jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe
seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de
todos, pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para
avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos a
todos con la mano y como diciendo: «Ya me las pagarán caro.»

Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando
los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido
que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.

Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.

Dicen que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza que por poco
y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.

Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta por
aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado
en una banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio
a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba,
él hacía el desentendido como si no conociera a la gente.

Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le
ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las
ocho y cuando todavía estaban tocando las campanas el toque de Ánimas.
Entonces se oyeron los gritos, y la gente que estaba en la iglesia
rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito
defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un
culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente,
rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por
aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le
dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín, donde
se estuvo tendido.

Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes
estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura,
pero que él no se la dio.

Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar
llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el
pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo
ahorcaran.

Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

En El llano en llamas
Imagen: Gabriel Figueroa Flores
Gracias al blog Ignoria
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José Malax

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