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Que no quede nada

Mensaje  José Malax el Miér Oct 03 2012, 22:12

Que no quede nada

Uno de los cuentos del libro Lo mas extraño de Manuel Rivas

Había jurado no comprarle jamás un arma de juguete al niño.
Había pertenecido a Greenpeace, aún cotizaba con un recibo anual, y sentía una simpática nostalgia cuando veía en la televisión una marcha pacifista desafiando la prohibición de internarse en el desierto de Nevada, donde los ingenieros nucleares se extasiaban sembrando en los cráteres hongos monstruosos. Su trabajo de representante comercial lo absorbía totalmente. También se había casado. Y había tenido un hijo.
—¿Un hijo? —le preguntó Nicolás con ojos de espanto. Era un antiguo compañero de inquietudes, con el que acababa de encontrarse en el aeropuerto.
—Pues sí —había dicho él, sintiéndose algo incómodo.
Nunca pensó que estas cosas hubiera que explicarlas. Uno tiene un hijo, y ya está.
—No, ¿sabes?, si lo digo es por la valentía que supone. Creo que hay que ser valeroso para tener un hijo. Yo no sería capaz de tomar una decisión así. Me daría vértigo.
En realidad, nunca había pensado en el significado de tener un hijo. Se había casado porque le apeteció y había tenido un hijo por lo mismo. Pero Nicolás no dejaba de mirarlo como un confesor atormentado por los pecados ajenos.
—¿Sabes? Creo que hay que tomarlo sobre todo como un hecho biológico, sin darle muchas vueltas trascendentes. Es como asumir nuestra condición animal. Un hijo hace que te sientas bien, así, como un animal. Recuperamos nuestra animalidad como condición positiva.
Nicolás se rió. Al fin y al cabo, era biólogo.
—No sé. Para mí es como si decidierais convertiros por un instante en Dios. Traer a alguien a este mundo debe de ser hermoso, pero… es también tan terrible. No sé.
—¿Terrible? ¿Por qué?
—De una terrible inconsciencia.
—Bueno… Él se despierta muchas veces por la noche. Nos lama y vuelve a quedarse dormido. Así, varias veces por la noche. Puedes ser un dios, pero un dios hecho polvo. Él, hostias…, duerme cuando quiere.
Ahora se rieron los dos.
—¿Le cuentas cuentos?
—No veas. Le levo contados miles. Bueno, cuando estoy. Ya sabes, ando de aquí para allá, con este maldito trabajo. Hay noches en que le cuento tres o cuatro, y me quedo dormido antes que él.
—¿Cómo son? ¿Qué es lo que le cuentas? —preguntó, divertido, Nicolás.
—Buff. Sobre todo, de animales. Le encantan los cuentos de animales. Animales que tienen hijos, y vienen los cazadores, y todo eso. Procuro que el lobo sea bueno —y dijo esto con un guiño también divertido.
—Me gustaría verlo alguna vez —dijo Nicolás, cuando ya se despedían.
El amigo hizo una última señal de adiós tras la puerta de cristal, y él se dirigió a una de las tiendas del aeropuerto. Siempre levaba algún regalo para el niño. No había mucho donde elegir. El mayor surtido era de imitación de armas de fuego. Las había de todas clases. El colt vaquero, una pistola de agente especial con silenciador, un rifle de mira telescópica, una ametralladora de rayos láser. Y luego estaba toda la artilería, y los blindados, y sofisticadísimos adelantos de la guerra de las galaxias. Los evitó con un ademán de repugnancia, y finalmente eligió un paragüitas de tela plástica transparente y con pegatinas de graciosos animalillos.
Cuando legó a casa, el niño estaba durmiendo.
—Le traje esto —dijo él con una sonrisa.
—Es bonito —dijo la mujer.
Por la mañana, el niño preguntó: ¿Vas a trabajar? Él contestó con pena que sí y el hijo lo miró con enojo, a punto de llorar.
—Te he traído una cosa —dijo él saltando de la cama. El niño se caló y esperó expectante a que desenvolviera el regalo.
—Mira, tiene dibujos de Snoopy —dijo satisfecho, alargando el paragüitas.
El niño miró el regalo, le dio vueltas para ver todos los animales, y parecía contento.
Antes de marcharse, le dio un beso y le acarició la cabeza. Cuando iba a abrir la puerta, oyó que el hijo lo llamaba. Se volvió y lo vio alí, con una pierna adelantada y el paraguas apoyado en el hombro con perfecto estilo de tirador.
—¡Pum! Estás muerto, papá

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